NOS CONOCIMOS EN MATERA
…a principios de los años setenta. Jugó a ser el Hidalgo de capa negra y lazo rojo, con la consternación en sus ojos de quien encuentra en la ciudad de las rocas la España de su pintura. Y en Matera, donde lo encontrábamos en los descansos de su deambular continuo por Europa para seguir sus exposiciones, o las luces que deberían sustituir a su país, nos dio el testimonio de lo que representaba su mensaje de exiliado.
Su respuesta es memorable, la respuesta de quien sale del misterio y responde haciendo broma a la pregunta provocativa: "¿Cómo fuiste aceptado en la nueva España cuando regresaste después de años de exilio?". Ortega, que estaba retocando la medida del color en el rostro de un campesino del Cilento, su tema favorito, respondió con todo el conocimiento del suceso: “Fui yo quien aceptó a España, no al revés. Yo decidí mi elección como luchador por la libertad de mi pueblo”. Y hablaba del Madrid de 1936 cuando, pintaba en las calles de las ciudades en perfecta armonía con las milicias populares antifascistas.
La suya era una voz pintada, que los escombros borraron. Y luego la prisión, el exilio, que duró más de cuarenta años.
El exiliado manchego, un ex exiliado, ha traído su furia pintada, su buena voluntad en torno a la Europa libre, porque todos, dentro y fuera de España, donde la dignidad humana ha sido herida durante mucho tiempo, “comprenden lo que yo, con dolor, he comprendido". Y la enseñanza de la historia de José Ortega se rehízo cuando remontó a los Herodes y los Calígulas en el corazón de la sociedad contemporánea, despiadados con un niño con la misma facilidad con la que pisotea una flor silvestre. Esta narrativa dramática es un mensaje recurrente a lo largo de su obra pictórica, desde Matera hasta Bosco, otro extraordinario y querido exilio, este último. En Bosco en su mágico taller recibe con mucha moderación para no ser molestado (o distraído) “en la investigación pictórica del Sur mediterráneo y planetario”.
Los rojos, los amarillos, los marrones quemados sonaban en los cuadros como una alarma. El realismo revolucionario lo reconectó con la tierra, elemento dominante en sus obras.
Y a la tierra, todavía y siempre exiliada y extraña, la confiamos el 28 de diciembre de 1990. El cielo de París se inundó de los colores del ocaso, rojo exaltado, un símbolo, el color de la pasión de José, el color de la revelación, el zumbido de la libertad.
Mario Truffelli, escritor y periodista.


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