VUELVE ORTEGA
Nació José Ortega en Arroba de los Montes, una localidad de “la Castilla del Sur”, como dicen sus biógrafos de Italia, país en el que Ortega ha vivido muchos años, donde tiene uno de sus estudios -el otro está en París, otro piedà-terre del exilio- y donde una ciudad, Matera, le ha dedicado un museo entero. En Estados Unidos es también muy conocida la obra de este pintor manchego, que a la hora de regresar ha buscado su paisaje y ha huido de la multinacional a que le obliga la gran ciudad. “Yo he estado siempre pintando a los campesinos de mi tierra”.
El paisaje me interesaba como hábitat de ese hombre del campo, que en Castilla es distinto que en Cataluña y que para pintarlo, con sus colores y con sus emociones, tiene que convivir contigo. No es lo mismo pintar a un campesino intuyendo lo que es que adivinarlo después de oír el ruido de la siega que tú has hecho con él.
La voluntad de José Ortega es también descentralizadora. Para él, el arte no sólo debe salir de la gran ciudad, sino que ha de llegar a las plazas de los pueblos. Esa es su actitud militante ante lo que él juzga como un hecho político.
Porque José Ortega, miembro del comité central del Partido Comunista de España desde hace veinte años, organizador en la clandestinidad del partido en Madrid y contacto del PC con Pablo Picasso en París, en una época de la que él habla con mucho pudor, tiene claro que el ejercicio del arte es la respuesta de un compromiso político. Para él, por otra parte, “las relaciones de los intelectuales y los artistas con los partidos se han producido siempre y han sido protagonizadas por personajes como Goya, Valdés Leal, Solana o el propio Picasso. ¿El arte es sólo eso: compromiso? Por supuesto que no: el arte es también una serie de valores específicos. Pero yo no puedo pintar nada abstrayéndome del mundo, y para eso tengo que partir de mi ideología”.
“En mi caso”, dice Ortega, “no creo que mi relación política me coarte. Lo que ocurre, en el ejercicio de mi ideología, es que mi arte coincide con la sensibilidad de unas capas de la sociedad española. Por otro lado, el PC tampoco me utiliza: en su seno soy tan libre como el que no se ocupa de esas cosas. Jamás le permitiría al partido, por otro lado, que se inmiscuyera en esa libertad que ha sido siempre mi horizonte. Lo único que se debe pedir al artista es que su obra no sea un discurso, sino un cuadro; y yo creo que La matanza de los mamelucos en la Puerta del Sol y el Guernica son arte y son también ejemplo del arte político”.
“Ante la eclosión del arte abstracto”, recuerda Ortega, “yo me afirmé en el realismo, quizá por mi praxis existencial. Era realismo social, no realismo socialista”. Ortega se ha defendido como “san Antonio” de las tentaciones de abandonar esa tendencia, que no ha excluido la investigación. “Cuando tú investigas sobre la forma”, dice, “hay veces en que lo lírico te puede más que lo épico, pero sabes que no puedes llevar las cosas demasiado lejos, porque entonces te diluyes y ya la realidad no es la misma”.
Por otra parte, la abstracción, que es uno de los recursos frecuentes de otros pintores de su generación, “sirve para llegar a ese punto de síntesis donde la realidad es más perceptible como esencia, no como apariencia”.
Hasta ahí te interesa el abstracto. “Porque los diez o doce movimientos abstractos de estos últimos tiempos han tenido siempre nombre norteamericano y a ninguno de sus representantes le ha interesado en realidad una revolución en profundidad. Desde el Renacimiento, la única tendencia revolucionaria cualitativa ha sido el cubismo, porque te permite ver la realidad en movimiento, no a través de una ventana. Tiene tal fuerza de síntesis el cubismo que en el fondo es el padre de todas las corrientes y tentativas de investigación que se han hecho y que han protagonizado personajes como Kandinsky, Mondrian o Vassarely. Hablo del cubismo analítico, aquel que parte de la realidad de lo racional y del que nace el Guernica”.
Le cuesta a Ortega hablar de su relación con Picasso, al que vio por primera vez en 1954 y a quien fue presentado por Benigno, “un compañero alto de bondad”, que había sido hasta entonces el contacto del gran artista con el PCE. Ante Picasso, el nombre clandestino de Ortega era Juan, que iba a encargarse en adelante de su enlace con la dirección del partido. Tan fuerte era para Ortega su obediencia a las reglas de la clandestinidad, que en ningún caso descubrió su identidad verdadera ante el autor del Guernica, hasta que éste la descubrió en unas páginas que la revista Índice había publicado sobre la obra de su contacto, y que Picasso recortó con gozo y un poco de picardía.
“En aquella casa enorme en la que me recibía, donde los cuadros valiosísimos se amontonaban, desordenados, en el suelo, Picasso sólo tenía algo pegado a la pared con una chincheta: era un sobre escrito con caligrafía antigua en el que un comunista exiliado en Vallauris, el padre de Eduardo Arias, le enviaba dos muestras del paño de Béjar para que eligiera uno para la capa castellana que quería hacerse”, recuerda Ortega.
Juan Cruz, periodista.


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