SIN PEPE

Ahora que lo pienso, ahora que me siento a recordarlo, descubro que yo no sabía muchas cosas, algunos datos, aficiones o desafecciones de Pepe Ortega.

Creía conocer casi todas, pero cuando trato de enumerarlas, descubro que no tantas. Creo, sin embargo, saber quién era Pepe Ortega, lo que no es poco, dada su dificilísima sencillez aparente. Quizá haya influído en lo uno y en lo otro -en la insuficiencia que me descubro y en el conocimiento profundo a su respecto- que ambos procediéramos de mundos muy diferentes y hayamos navegado por mares también distintos. Su origen familiar, su infancia durísima, su adolescencia comprometida y su juventud aventurera hicieron de Pepe Ortega -al confluir en una sensibilidad exquisita-, alguien de quien me sentí muy cercano, pese a haber bebido otros ambientes de dureza diferente. Nuestra relación ha sido creciente, hasta llegar a ser lo continua que el deambular de Pepe permitía, pero está marcada sobre todo por hitos.

Cuando lo conocí en París, nos acercaron los amigos. Y la capa. A Ortega, a Juan Romero y a mí nos ha unido también la capa española, una prenda bellísima y recia que llama la atención en el extranjero que la descubre, y sólo mimamos unos cuantos españoles, mientras que no parecen preocuparse de ella los subvencionadores de la moda americana, el bacalao y otras movidas internacionales. Gustaba vestir recargado y austero -valga la incompatibilidad aparente-, marcado respectivamente por la imaginación y la fuerza de los colores, oscuros a menudo.

Así su pintura, dura, de fuerte trazo y sentimental, compendio de un su carácter, dispuesto a cualquier batalla y tierno a un tiempo. Ahí ganaba Pepe a cualquiera.

Hombre de convicciones profundas, radical en las ideas, arriesgado, implacable en la acción, derrochaba entrega y generosidad no ya con los amigos, sino con los adversarios, a quienes no regateaba una crítica y hasta un insulto si le parecían excesivos, sin destilar envidia, rencor, odio jamás.

Andaba yo por la treintena y él por algún decenio más, y le oía contar su compromiso político, su amor a ltalia y su vida en Francia, con el mismo entusiasmo ingenuo que un niño escucharía las aventuras de un Buffalo Bill senecto. Pese a rumbos tan diferentes, los dos sabíamos que nuestras vidas y, sobre todo, nuestros valores no eran dispares.

Ya de regreso en España, cada uno por nuestro lado, tuve la oportunidad de hacer algunos favores -políticos, en algún caso- a Pepe. No parezca presunción, sino al contrario: nunca pude ni sabré cómo pagar su generosidad tanto en la palabra como en los hechos. En mi casa ocupan lugar principal, por ejemplo, cuadros de su serie de Durero, y bien que siento no haber estado cuando me llamó para entregarme los que faltaban. Muchos invitados del programa “La Clave”, también por ejemplo, conservan como oro en paño sus grabados de los místicos, sus compañeros, seguro, del otro lado.

Tanto descuido alimentario, tanto trasiego hasta el final, quizá tanta desilusión política cuando creía venida la hora del entusiasmo, minaron su salud. Otro amigo pintor y manchego, Pepe Díaz, y Mariví Nebreda, quien a veces sólo conseguía información por su propia esposa, empezó a darme cuenta de los quebrantos. En sus últimos tiempos, yo sólo lo veía a salto de mata, durante alguna de sus incursiones sobre Madrid, en una cena sencilla con los amigos o en aquel estudio del Madrid de los Austria que a él le iba tanto. Seguía igual de generoso, más preocupado por su alrededor y los de su entorno que por sí mismo.

Aunque las noticias últimas fuesen agoreras, no queríamos pensar que sucediese lo que sucedió. Su esposa, su familia permitirán que los que fuimos sus amigos también nos demos el pésame. Y el luto de la Mancha, su pequeño mundo -iaquel trotamundos!- que amó tanto.

José Luis Balbín, periodista.

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