LOS SEGADORES

La tarea de Ortega como artista es la tarea de un hombre que busca solución a su propia lucha con la tierra.

Sé que el pintor almacenaba en su menesteroso taller talismanes campesinos: cardos de Peñarroya, pedernales de Almendralejo, espigas de donde él nació, de Arroba de los Montes, lentiscos de Ronda, cuarzos toledanos, hojas de esparto de Mojácar. Ortega ha utilizado esos exvotos ibéricos como un filtro que aún podía hacer más justa y objetiva su plástica, humanizada representación de la desamparada tierra.

Si pienso ahora que Ortega ha interpretado con una magistral certidumbre la realidad física e histórica del campo es precisamente porque también pienso que su arte y su hombría proceden de un mismo embrión campesino. De esa rigurosa coherencia entre su oficio de pintor y su profesión de hombre, se deriva una de las más útiles y fecundas lecciones del arte español contemporáneo.

La pintura de Ortega se ha realizado porque también se ha realizado su intrépido, doloroso, ejemplar programa de vida. En ella está incorporada de algún modo la abrupta historia de su país. Ortega se ha valido de un ejemplar proceso de trasplantes artísticos para elaborar un patético inventario de realidades históricas...

Ortega aparece reproducido una y otra vez en su propia pintura, regresa una y otra vez a la entraña popular para hacer de su arte un medio de acción política, al tiempo que una creadora forma de aprender a ser hombre.

José M. Caballero Bonald, poeta.

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