UN PENSAMIENTO PARA JOSÉ ORTEGA

José Ortega fue uno de los muchos artistas e intelectuales que, para escapar del clima pesado y persecutorio impuesto en España por el régimen fascista de Francisco Franco, eligieron Italia como lugar para vivir y trabajar. Profundamente impregnado de un sentimiento religioso sutil, oculto pero tenaz, Ortega eligió Lucania y el Bajo Cilento, concretamente la ciudad de Matera y el pueblo de Bosco, en el municipio de San Giovanni a Piro, como el entorno ideal para dar rienda suelta a su desbordante y versátil creatividad. La elección de los dos lugares no estuvo dictada por el azar ni por la conveniencia. Respondía perfectamente a su profunda religiosidad. Fiel a la tierra y a los humildes, Ortega había elegido dos territorios vecinos y similares en los que la tierra era y es honrada y venerada y los humildes siguen ahí, anclados a un destino de marginación o emigración.

A esta tierra y a estos campesinos, sentidos y tratados como la tierra y los campesinos de España, Ortega dedicó su fe en el arte, su maestría como pintor y ceramista. Los inmortalizó en su trabajo y en sus gestos cotidianos: en la espiga de los campos de trigo, en la cosecha de las aceitunas, en la paz doméstica tranquila y resignada. Los erigió como símbolo de la serena dignidad del hombre que, no resignado a un destino de amargura y sufrimiento, exalta su humanidad en la religión del trabajo, en la fiera y orgullosa libertad, en el trabajo, en el sueño tenaz de la redención de la condición de miseria.

Aún hoy, su conocimiento pictórico y su profunda sensibilidad humana hacen de José Ortega un artista de gran fuerza poética y símbolo de esa religiosidad profunda, que se nutre del amor al hombre y de la defensa de su dignidad.

Aniello Montano, filósofo.

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